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Lunes 7 Abril 2008

Otra corriente dentro de los títulos de crédito que ha ido captando nuevos adeptos con el tiempo y que, dada su rentabilidad, nunca se pasará de moda, es la de los “trepamuros” o “grafiteros”; es decir, aquellos que usan la superficie de una pared, ya sea real o generada por ordenador, como soporte material para el desfile de nombres que han participado en la película. Así como los objetos sirven para adelantarnos información sobre los protagonistas de la ficción que estamos a punto de ver, las paredes nos hablan acerca del escenario donde se desarrolla la acción, normalmente un entorno urbano, un edificio, un monumento o una casa, que en muchas ocasiones prácticamente ejercen como un personaje más dentro de la trama o tienen un peso muy específico.

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Seguramente todos recordaréis dos casos aún recientes que llamaron mucho la atención por su singular diseño en este sentido: por un lado, tenemos la introducción de “La habitación del pánico” de David Fincher, en la que los créditos del equipo toman la forma de enormes rótulos suspendidos sobre las fachadas de los edificios de una gran ciudad como Nueva York; por otro, la versión animada del “Hostage” de Bruce Willis, donde las letras aparecen como dibujadas o sobreimpresas a modo de carteles encima de construcciones, tapias, tableros, rejas y calles. En consonancia con el tono de cada cinta, la primera es más sobria, clásica y estática, pero también más majestuosa, refinada y desangelada, mientras que en la segunda, en su vertiente moderna, desenfadada y dinámica, los colores rojo y negro ayudan a avanzarnos los contenidos violentos del argumento de este producto de acción. Pues bien, como suele suceder, una vez más nos encontramos con que fue Saul Bass quien marcó la pauta de esta tendencia entre finales de los años 50 y principios de los 60. Primero lo hizo con los ya míticos títulos de crédito que realizó para el clásico de Alfred Hitchcock “Con la muerte en los talones”, protagonizado por el sin par Cary Grant: una red de líneas paralelas señala las coordenadas por las que se desplazan las letras —hay que recordar que el título original de la película es “North by northwest”—, hasta que finalmente el entramado se acaba convirtiendo en la fachada acristalada de un edificio sobre el que se refleja el tráfico.

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Un par de años más tarde usó una variante aladrillada y artesanal en los grafiteros créditos finales de “West Side story”: esta vez los nombres de los firmantes —nunca mejor dicho— se nos ofrecen escritos a mano sobre un muro, respaldadando de paso el ambiente pandillero en el que transcurre este emblemático musical de Robert Wise y Jerome Robbins. Aunque mañana pondré más ejemplos dentro de esta línea, así como algunas interesantes muestras que aportan cierta novedad a lo ya visto, empecemos con unas cuantas primas hermanas de las anteriores que nos han llegado últimamente. ¿Qué decir, por ejemplo, de los títulos de crédito de “Noche en el museo”, salvo que recuerdan sospechosamente a los mencionados de “La habitación del pánico” (podéis verlos en la sección “The Work” de la web del estudio responsable)? Quizás sirva como excusa que los dos pertenecen a la misma compañía… ¿Y sobre los del largometraje colectivo holandés “Allerzielen” y los del cortometraje de factoría británica “The stick up”? Ambos vuelven a darle vueltas al mismo recurso, si bien el primero —una cinta sobre las consecuencias del asesinato del cineasta Theo van Gogh— introduce como ingrediente adicional la marca de tiza que se traza alrededor de un cadáver —algo a lo que, de hecho, Saul Bass tampoco es del todo ajeno—.

Viene de:

En las imágenes: Detalle de los títulos de crédito de “West Side story” © 1961 The Mirisch Corporation, Beta Productions y Seven Arts Productions. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “La habitación del pánico” © 2002 Columbia TriStar. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Con la muerte en los talones” © 1959 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Allerzielen” © 2005 Added Films International, Column Productions, De Productie, Isabella Films B.V., Lemming Film, Motel Films, Phanta Vision Film International B.V. y Stiching Allerzielen. Todos los derechos reservados.

Miércoles 5 Diciembre 2007

Sylvester Stallone tiene pelusa, y no nos referimos precisamente a la que se acumula en su ombligo. Ese hombretón hipervitaminado, esa bestia parda castigadora de la jungla, ese púgil para el que se inventó el quintilátero —porque las cuatro cuerdas se le quedaban cortas—, nos ha cogido celos. Se queja del exceso de atención que le deparamos hace días a la polifacética vena artística de Christopher Walken. El protagonista de las sagas de “Rambo” y “Rocky” dice que él también canta, baila y escribe guiones de películas ganadoras del Oscar®. Y lo peor es que no miente. Pero no se vayan a creer que su incursión en la música es pavo de moco. Estamos hablando de una prometedora carrera que lamentablemente decidió aparcar cuando se dio cuenta de que lo suyo era… la interpretación…

En su faceta como vocalista, Sly se ha rodeado siempre de profesionales y ha actuado ante las audiencias más prestigiosas y exigentes, como cuando en 1980 cantó en directo en el show de los Teleñecos, tal y como se puede comprobar en el siguiente vídeo. Por si les cuesta localizarlo, Stallone es el que menos músculos faciales mueve; los otros son peluches. Sus pinitos dentro de la canción, sin embargo, tuvieron lugar “a cara tapada”. Y es que Stallone puede presumir de ocupar un lugar a la altura de gente como John Williams, Howard Shore o Jerry Goldsmith en el mundo de las bandas sonoras. En 1978, Stallone interpretó el tema que acompañaba a los títulos de crédito de la película “La cocina del infierno”, en los que también aparece correteando por los tejados a cámara lenta. Obviamente, el rotundo éxito que obtuvo con su actuación junto a la Rana Gustavo, Gonzo y compañía fue tal que en 1984 Bob Clark lo fichó para protagonizar una comedia musical con nombre de anti-mucolítico, “Rhinestone”, donde interpretaba a un taxista barriobajero convertido en forzado cantante de country por una apuesta.

Para que se hagan a la idea del nivel de la producción, sepan que Dolly Parton, esa mujer que ha pasado a la Historia por dar nombre a una oveja clonada de un seno, le daba la réplica. Stallone, que es muy largo aparte de alto, aparecía disfrazado con un mapache muerto en la cabeza y un traje con hombreras precursor del look Locomía, a ver si así la gente quedaba insensibilizada ante tamaña avalancha de horterismo y pasaba por alto sus berridos. Con todo, es imposible no percatarse del estilo que imprime a ese estereotipado baile conocido popularmente con el nombre de “¿Hay algún lavabo cerca?”. Como en toda comedia musical que se precie, en esta nuestro héroe también experimentaba un espectacular ascenso en su trayectoria encima de los escenarios, lo que traducido significa que los números musicales iban cada vez a más en su puesta en escena… a más caspa, se entiende. Por tanto, la película culminaba con —¿cómo describirlo?— un atentado de colores, luces y sonidos capaz de provocar desprendimientos de retina y convulsiones epilépticas entre los espectadores más sensibles. La calidad del vídeo es mugrienta, pero como que ya acompaña a los contenidos.

En las imágenes: Sylvester Stallone en “The muppet show” - Copyright © 1980 The Jim Henson Company, ATV, HA y ITC. Todos los derechos reservados. Fotogramas de “Rhinestone” Copyright © 1984 Twentieth Century Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados.

Viernes 23 Noviembre 2007

Veréis, la cosa es así de simple: detesto el jazz; me encanta el swing. Nunca he entendido cómo un estilo de música tan vibrante, frenético y divertido puede estar emparentado con otro que sólo me produce sopor. Es como cuando conoces a los padres de tu novio… y te ríes en la mismísima cara de las leyes de la genética. Uno de los llamados “reyes del swing” junto con Glenn Miller fue Benny Goodman, un clarinetista estadounidense que llegaría a tener su propia orquesta a mediados de los 30, siendo además uno de los primeros en integrar a músicos negros en su equipo. La relación de Goodman con el cine ha sido bastante estrecha. No sólo compuso e interpretó temas para varias películas, caso de “Salvad al tigre”, “Fantasma d’amore” y “Toda la banda está aquí”, sino que también participó como actor en la comedia musical “Nace una canción”, el remake que Howard Hawks hizo de su propia “Bola de fuego” y en el que Goodman interpretaba al Professor Magenbruch.

Además, han sido numerosas las cintas que han incorporado piezas tocadas por Benny Goodman en sus bandas sonoras, desde las más recientes “Tú la letra, yo la música”, “Hollywoodland”, “Cinderella man” y “El aviador” hasta “Toro salvaje”, “Días de radio”, “Cuando Harry encontró a Sally”, “El paciente inglés” o “El gran salto”. Uno de mis títulos favoritos de su repertorio es el “Sing sing sing (with a swing)” compuesto por Louis Prima, cuyo endiablado ritmo es toda una inyección de vitalidad y energía. Probablemente recordaréis haberlo escuchado en “Misterioso asesinato en Manhattan” de Woody Allen —gran seguidor de Goodman por razones de sobra conocidas—, donde tiene una presencia destacada. También salía en la menos memorable “Rebeldes del swing”. A continuación os dejo una versión en mp3 con un sonido de lujo. Tampoco os perdáis a la orquesta de Goodman en acción en el siguiente vídeo, donde interpretan el mismo tema para la película “Hollywood Hotel”, haciendo gala de una puesta en escena con un gran sentido del espectáculo. Ideal para empezar el fin de semana con fuerzas.

En la imagen: Benny Goodman y Gene Krupa en “Hollywood Hotel” - Copyright © 1937 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.

Sábado 10 Noviembre 2007

Por todos es conocida la afición de Christopher Walken por mover el esqueleto. O, más que afición, deberíamos decir vocación, porque lo que quizás no sepa tanta gente es que, antes de dedicarse al cine, el protagonista de “Atrápame si puedes” y “Sleepy Hollow” trabajaba como profesor de danza en un teatro musical. Aunque todavía podemos verlo en cartelera en la nueva versión de “Hairspray”, donde también se marca sus pasitos, una de sus últimas exhibiciones más antológicas en este sentido fue como protagonista del videoclip “Weapon of choice” de Fatboy Slim, en el que el actor combinaba el sex appeal del académico Paso del Ganso con los estilosos movimientos de brazos, insinuantes golpes de cadera y rotaciones pélvicas de inspiración setentera a lo Tony Manero, para acabar levitando por los aires como un bendito. El éxito de aquella demostración de estilo fue tal que tuvo su particular adaptación pasada por el filtro Benny Hill.

En realidad, el bailoteo ha estado presente a lo largo de toda su carrera, como nos deja bien claro este montaje realizado con imágenes de “El cazador”, la película de Michael Cimino que le valió un Oscar®. Más recientemente, también se arrancaba al ritmo de la legendaria “Delilah” de Tom Jones en este surrealista momento de “Romance & Cigarettes”, el tercer trabajo como director de otro sin par, John Turturro. Pero lo que yo quería enseñarles, de hecho, era otra cosa, grande, muy grande. Prepárense para ver al Walken más artistazo, desenfadado, carismático, polifacético, glamuroso, canalla, divertido, electrizante y, en definitiva, más de rompe-y-rasga en todo su esplendor en este mítico vídeo, perteneciente a un número del musical retro de 1981 “Dinero caído del cielo”. Walken no sólo canta, danza, baila claqué y les toca las tetas a todas las tías que se le ponen a tiro —con la dificultad adicional que esto último implica—, sino que nos obsequia con un striptease coreografiado que deja en paños menores —valga la tontería de juego de palabras— a lo de Richard Gere en “Chicago”. Qué pedazo de fenómeno es este tipo hasta en calzoncillos, camiseta Imperio y calcetines con liga.

En la imagen: Christopher Walken en “Dinero caído del cielo” - Copyright © 1981 Hera Productions, Metro Goldwyn Mayer y SML Production Group. Todos los derechos reservados.