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Miércoles 9 Abril 2008

En el anterior cromo de la colección comentaba cómo muchos de los títulos de crédito recientes que se apoyan, tanto en sentido figurado como materialmente, sobre paredes o arquitecturas más amplias, caso de los de “La habitación del pánico” y “Hostage”, no hacen sino recoger el testigo dejado por Saul Bass varias décadas atrás, y más concretamente el de sus clásicas creaciones para “West Side story” o “Con la muerte en los talones”. Otro trabajo cercano que se inspira en sus diseños es la secuencia introductoria de la comedia romántica “Hasta que la ley nos separe”, donde, sobre el fondo de una serie de planos urbanos en movimiento, las letras del equipo se van estirando hasta formar líneas paralelas, cuadros y redes, al tiempo que las imágenes se dividen en bloques y desplazan hacia los cuatro lados como cortinillas. Errr… bueno, más o menos; mejor verlo directamente. De hecho, así a lo tonto, a lo tonto, se convierte en una síntesis perfecta, pero en versión moderna, de muchas de las constantes de la obra de Bass: formas geométricas y figuras quebradas en constante movimiento —Pese a tratarse de una versión mucho más pobre, la apertura del thriller “Falsa identidad”, anterior a la primera, también echa mano a la misma tijera—.

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Tampoco el prólogo de los “Soñadores” de Bernardo Bertolucci escapa a los parentescos —de hecho, como decía mi compañera Almudena, la película entera está plagada de ellos—. Por mucho que aquí se cambien el cristal y el ladrillo por el metal de la parisina Torre Eiffel y se le añadan unas pinceladas de color, volvemos a toparnos con ese entramado como base por encima del cual descienden los créditos. Más letras estampadas sobre monumentos emblemáticos y con un intencionado tono retro, en los también llamativos títulos de crédito de “Good bye, Lenin!”, que ya nos ponían en antecedentes acerca del tema de esta película en la que Daniel Brühl se veía obligado a recrear la Alemania Oriental pre-caída del Muro para que su madre enferma continuara sumida en su burbuja comunista. Pero vayamos con un par de variaciones que, a pesar de seguir “dándose contra la pared”, supieron encontrar su propio estilo. Especialmente en el primer caso, porque si hablamos de títulos de crédito que se han ganado un espacio en la memoria por su originalidad y gracia, no podemos olvidarnos de la ya legendaria y exuberante animación, obra de Terry Gilliam, que servía como prefacio de “La vida de Brian”, el clásico del humor de los Monty Python. En este caso, no sólo se nos muestran los nombres de sus artífices grabados sobre piedra, sino que también son las propias letras, cayendo en plan Tetris, las que van construyendo los muros de esa Historia alternativa.

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Aunque mucho menos vistosa y colorista, también resulta ingeniosa la aportación psicodiagnóstica que nos trajo “Spider” de David Cronenberg. Tratándose de una cinta que se mueve dentro del opresivo y atormentado mundo interior de su protagonista, qué mejor idea que convertir las manchas de humedad y los desconchados de una vieja y sórdida pared en las manchas del Test de Rorschach. Por supuesto, en este grupo también incluiríamos las de “El orfanato”, pero a ésas ya las pusimos “de cara a la pared” por copiarse de “El rapto de Bunny Lake”. Otras veces las paredes son unas completas “iletradas”, pero el recorrido que emprende la cámara a través de ellas, sumergiéndose por laberínticos pasillos y habitaciones, nos permite ir entrando en el decorado y en el ambiente anímico donde tiene lugar la acción principal de un largometraje, como ocurría en otros dos ejemplos próximos: el muy alabado comienzo de “Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet”, de Tim Burton —tras colarnos por una ventana, en la mejor tradición hitchcockiana, descubríamos las góticas y ensangrentadas interioridades (bueno, más que sangre, aquello era de puro bote Titanlux) de esa especie de “casa del terror” en su faceta gastronómica—, y el preámbulo de “Hellboy”, de Guillermo del Toro, también al rojo vivo, y que, dado que se trataba de la adaptación de un cómic, se ayudaba asimismo de la prensa escrita.

Viene de:

En la imagen: Detalle de los títulos de crédito de “Hasta que la ley nos separe” © 2004 DeAPlaneta. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Soñadores” © 2003 Lauren Films. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Spider” © 2002 Manga Films. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “La vida de Brian” © 1979 HandMade Films y Python (Monty) Pictures. Todos los derechos reservados.

Lunes 7 Abril 2008

Otra corriente dentro de los títulos de crédito que ha ido captando nuevos adeptos con el tiempo y que, dada su rentabilidad, nunca se pasará de moda, es la de los “trepamuros” o “grafiteros”; es decir, aquellos que usan la superficie de una pared, ya sea real o generada por ordenador, como soporte material para el desfile de nombres que han participado en la película. Así como los objetos sirven para adelantarnos información sobre los protagonistas de la ficción que estamos a punto de ver, las paredes nos hablan acerca del escenario donde se desarrolla la acción, normalmente un entorno urbano, un edificio, un monumento o una casa, que en muchas ocasiones prácticamente ejercen como un personaje más dentro de la trama o tienen un peso muy específico.

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Seguramente todos recordaréis dos casos aún recientes que llamaron mucho la atención por su singular diseño en este sentido: por un lado, tenemos la introducción de “La habitación del pánico” de David Fincher, en la que los créditos del equipo toman la forma de enormes rótulos suspendidos sobre las fachadas de los edificios de una gran ciudad como Nueva York; por otro, la versión animada del “Hostage” de Bruce Willis, donde las letras aparecen como dibujadas o sobreimpresas a modo de carteles encima de construcciones, tapias, tableros, rejas y calles. En consonancia con el tono de cada cinta, la primera es más sobria, clásica y estática, pero también más majestuosa, refinada y desangelada, mientras que en la segunda, en su vertiente moderna, desenfadada y dinámica, los colores rojo y negro ayudan a avanzarnos los contenidos violentos del argumento de este producto de acción. Pues bien, como suele suceder, una vez más nos encontramos con que fue Saul Bass quien marcó la pauta de esta tendencia entre finales de los años 50 y principios de los 60. Primero lo hizo con los ya míticos títulos de crédito que realizó para el clásico de Alfred Hitchcock “Con la muerte en los talones”, protagonizado por el sin par Cary Grant: una red de líneas paralelas señala las coordenadas por las que se desplazan las letras —hay que recordar que el título original de la película es “North by northwest”—, hasta que finalmente el entramado se acaba convirtiendo en la fachada acristalada de un edificio sobre el que se refleja el tráfico.

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Un par de años más tarde usó una variante aladrillada y artesanal en los grafiteros créditos finales de “West Side story”: esta vez los nombres de los firmantes —nunca mejor dicho— se nos ofrecen escritos a mano sobre un muro, respaldadando de paso el ambiente pandillero en el que transcurre este emblemático musical de Robert Wise y Jerome Robbins. Aunque mañana pondré más ejemplos dentro de esta línea, así como algunas interesantes muestras que aportan cierta novedad a lo ya visto, empecemos con unas cuantas primas hermanas de las anteriores que nos han llegado últimamente. ¿Qué decir, por ejemplo, de los títulos de crédito de “Noche en el museo”, salvo que recuerdan sospechosamente a los mencionados de “La habitación del pánico” (podéis verlos en la sección “The Work” de la web del estudio responsable)? Quizás sirva como excusa que los dos pertenecen a la misma compañía… ¿Y sobre los del largometraje colectivo holandés “Allerzielen” y los del cortometraje de factoría británica “The stick up”? Ambos vuelven a darle vueltas al mismo recurso, si bien el primero —una cinta sobre las consecuencias del asesinato del cineasta Theo van Gogh— introduce como ingrediente adicional la marca de tiza que se traza alrededor de un cadáver —algo a lo que, de hecho, Saul Bass tampoco es del todo ajeno—.

Viene de:

En las imágenes: Detalle de los títulos de crédito de “West Side story” © 1961 The Mirisch Corporation, Beta Productions y Seven Arts Productions. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “La habitación del pánico” © 2002 Columbia TriStar. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Con la muerte en los talones” © 1959 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Allerzielen” © 2005 Added Films International, Column Productions, De Productie, Isabella Films B.V., Lemming Film, Motel Films, Phanta Vision Film International B.V. y Stiching Allerzielen. Todos los derechos reservados.

Lunes 31 Marzo 2008

Podríamos tirarnos horas hablando de aquellos de títulos de crédito que se han inspirado en los vanguardistas diseños del maestro Saul Bass, reconociendo en el mejor de los casos su influencia a modo de homenaje o guiño; en el peor, tratando de hacer pasar la copia por original, como el caso que nos ocupa. Sin embargo, quería introducir esta serie con un ejemplo aún próximo que me llamó especialmente la atención por sus similitudes con una creación de Bass que vio la luz en 1965, pero que, no obstante, no es una de sus obras más populares y apenas se menciona en las tan socorridas listas. Me estoy refiriendo al reciente taquillazo español “El orfanato” —también manda leches que una película que engullía, más que bebía, de tantas tetas, digo, antecesoras, presumiera de orfandad—. En fin, ¿qué decir de una propuesta tan novedosa y rompedora, salvo que se merecía una carta de presentación a la altura de tan novedosos y rompedores ingredientes? Vale, estaba siendo irónica, pero rompedora, literalmente hablando, sí lo era. Y no sólo en sus títulos de crédito.

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Tanto si ya la vieron como si no, todos tendrán presente esa imagen tan recurrente de unas manos infantiles —de nuevo nos topamos con ese rasgo ligado a la inocencia— arrancando progresivamente el papel antiguo de una pared, y dando paso con cada nuevo jirón a los rótulos de sus firmantes. Esta acción, que una vez más jugaba con la idea de sacar a la superficie secretos o verdades sepultados por el tiempo —bueno, y por algo más—, de paso que servía para ir introduciéndonos entre las cuatro paredes de ese antiguo caserón, se utilizó tanto en su web oficial como en sus tráilers, como en algunas de sus imágenes promocionales. En otras palabras, se convirtió en LA imagen la película. Pues mira tú por donde que aquel mismo recurso ya lo hizo servir Saul Bass en la desgarradora introducción de “El rapto de Bunny Lake”, un thriller dramático de producción británica en el que volvió a colaborar con uno de sus asiduos, el gran Otto Preminger, siendo Carol Lynley y Laurence Olivier sus principales intérpretes. Los parecidos no se acaban aquí, puesto que, salvando las distancias de planteamiento y tono, resulta que su trama, basada en una novela de Marryam Modell, giraba en torno a una madre que aseguraba que su hija había desaparecido, aunque las evidencias indicaban que la mujer estaba chaveta y que todo era producto de su imaginación —Puestos a sacar a relucir parentescos, “Plan de vuelo: Desaparecida” también le dio al papel de calco sobre esta última—.

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En la imagen: Detalle de los títulos de crédito de “El rapto de Bunny Lake” © 1965 Wheel Productions. Todos los derechos reservados. Detalle de la web oficial de “El orfanato” © 2007 Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Viernes 28 Marzo 2008

Tampoco han faltado las películas que se han ayudado de los objetos, o mejor dicho, de su acumulación desmesurada y metódica, para plasmar la obsesión que atenaza a determinado personaje, o como síntoma de un enfermizo anhelo de posesión y control que va más allá de lo material y anecdótico, y que a menudo se ha asociado a una mente criminal. Tal era el caso del clásico de William Wyler “El coleccionista” o de “El viaje de Felicia” de Atom Egoyan, por poner dos ejemplos que ahora me vienen a la cabeza. Ese afán recopilatorio también se dejaba ver en los títulos de crédito del aún cercano debut en la dirección del actor Liev Schreiber, “Everything is illuminated (Todo está iluminado)” —de nuevo, tendrán que acudir al apartado “Feature Titles” de la web del estudio responsable para ver el vídeo—.

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Aquí el impulso coleccionista de Elijah Wood surgía de una necesidad de preservar la memoria familiar e histórica, de la búsqueda desesperada de unas raíces; circunstancia que no podría haber sido expresada de una forma mejor que como se hizo: a través de la imagen de unos insectos encapsulados en ámbar y de una exposición de retratos antiguos que aparecen convenientemente colgados a lo largo de un extenso mapa —¿a quién le cuesta adivinar que, además, hay un viaje por medio?—. Otras veces, las pertenencias adquieren estatus de bienes o trofeos, se convierten en el vanaglorioso testimonio de éxitos pasados o presentes, como ocurre en la exhibicionista introducción de “Semi-Pro” —pulsen en “The Work” para acceder a ella—, una comedia deportiva todavía pendiente de estreno en España, protagonizada de nuevo por Ferrell. Las fotografías vuelven a ser las estrellas, pero con un sentido y dentro de un marco —además literal— bien distintos. O también puede ser que la repetición de un mismo motivo se deba, simple y llanamente, a que el objeto en cuestión es el protagonista del propio título de la cinta, caso de la monotemática presentación de “La bufanda verde”. Bueno, o a eso, o a que el presupuesto no daba más de sí, y suerte que la abuela del director era aficionada al punto-media. En cualquier caso, los podrán tachar de sosos, pero nunca de fríos.

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Ya habíamos visto también cómo objetos en principio anodinos eran capaces de representar simbólicamente el tema o argumento de una cinta, haciendo suya esa máxima de que una imagen vale más que mil palabras —o, en este caso, más que mil acciones—. Una muestra todavía más gráfica, aunque desde luego mucho menos sutil y perspicaz —¡no le pidan peras a una comedia romántica al servicio de Lindsay Lohan!—, se halla en la animosa entrada de “Devuélveme mi suerte”. A ver, a ver… ¿Qué podríamos esperarnos en los títulos de crédito de una película que, como su propio nombre indica, gira alrededor de la suerte? Pues faltaría más: un trébol de cuatro hojas, un llavero hecho con una pata de conejo, monedas, dados, una herradura, un salero derramado, un gato negro o una escalera. ¡La imaginación al poder! En otros títulos de crédito, sin embargo, los objetos combinan ambas vertientes, la descriptiva y la simbólica; funcionan al mismo tiempo como posesiones personales, reflejo de un determinado ambiente y resumen o adelanto de la trama. Dentro de esta categoría “mixta” tenemos la animación de aires retro, chic pero algo insípida, que daba paso a “Desenfocado” o el desfile un tanto kitsch de personajes, objetos y escenarios que precede a la colombiana “Paraiso travel”.

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A menudo también sucede que una única cosa es a la vez símbolo y protagonista de la acción. Sin ir muy lejos, la trayectoria de una bala, desde su proceso de fabricación hasta el fatídico momento en que encuentra a su destinatario último, se encargaba de abrir, de forma tan brillante como rotunda, la crítica “El señor de la guerra” —En realidad, la “carrera armamentística” en los títulos de crédito daría para hablar largo y tendido (tan largo y tendido, de hecho, como lo están sus víctimas). Por citar tan sólo dos ejemplos más, en “El mañana nunca muere”, además de relojes y circuitos, teníamos que las balas se fusionaban con esculturales siluetas de chicas (ya de por sí bastante “cosificadas” en las películas de James Bond, todo hay que decirlo), mientras que en la última entrega de la saga, “Casino Royale”, Daniel Craig flotaba entre pistolas que disparaban figuras surgidas de una baraja de póquer—. Algo muy parecido pasa con la sofisticada y original cortinilla de “Devil’s drug”, realizada mediante animación digital: Una tarjeta de crédito, una raya de cocaína y un tubito para esnifar son los encargados de presentarnos a los responsables de este documental sobre la droga. De todas formas, bastaría con echarle un vistazo a esta escena del “Bitelchus” de Tim Burton para convencernos de que los objetos son cualquier cosa (ja-ja) menos inertes y pasivos. Menos da una piedra, oiga.

Viene de:

En las imágenes: Detalle de los títulos de crédito de “Everything is illuminated (Todo está iluminado)” © 2005 Warner Sogefilms. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Devuélveme mi suerte” © 2006 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Paraiso travel” © 2008 Paraiso Pictures. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Casino Royale” © 2006 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “El señor de la guerra” © 2005 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Devil’s drug” © 2006 Suspicious Packaging. Todos los derechos reservados.

Miércoles 26 Marzo 2008

La misma amplitud y profundidad de miras que el cine ha demostrado a la hora de retratar a las mujeres, han sido trasladadas a los títulos de crédito que intentaban capturar la esencia femenina a través de sus efectos personales y objetos de uso común. Y es que cuando se trata de acercarnos al universo femenino, a lo más íntimo, auténtico y natural de su ser, el tándem nunca falla: tocador, vestuario y fogones son los escenarios habituales desde los que despega la película, y con ella, la vida diaria y todo el posible afán de realización de sus protagonistas. Así, empezando por el subapartado “ellas se emperifollan”, tenemos, por ejemplo, la presumida entrada de “Una rubia muy legal”, en la que Reese Witherspoon se convierte en un claro exponente de la “mentalidad rosa” llevada a extremos paroxísticos. En una línea muy similar se desenvolvía también Elisabeth Shue durante la marchosa avanzadilla del clásico juvenil ochentero “Aventuras en la gran ciudad”, que no rescato por sus valores artísticos, sino por el parentesco de su planteamiento. En cualquier caso, no se puede negar que el recurso de hacer arrancar la trama con tales preparativos y rutinas matutinas previos a la salida a la calle, a ese “enfrentarse a los acontecimientos que vendrán”, resulta de lo más efectivo en términos narrativos: La acción se despierta y se predispone al tiempo que lo hace su protagonista, ¡y ay de aquel que tenga un mal despertar!…

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Tal vez el palo de tales astillas cosméticas se lo tengamos que atribuir, entre otras muestras posibles, a Stanley Kubrick y a su sensual a la par que sobria introducción de “Lolita”, donde un pie desnudo y una mano sosteniendo un pintauñas nos bastaban, censura mediante, para introducirnos en los delicados —en más de un sentido— terrenos de aquella historia servida por Vladimir Nabokov. Un precedente demasiado elegante incluso para unas hijas tan petardas. Claro que, de vez en cuando, también son ellos los que nos son presentados durante su laborioso proceso de acicalamiento personal, como ocurría con un recién levantado Will Ferrell en “Más extraño que la ficción”. Aquí el personaje, más que ser víctima de la tiranía de la moda y de su codiciosa vanidad, lo era de los numéricos designios de una escritora interpretada por Emma Thompson. Ingeniosos, vistosos y funcionales al mismo tiempo. Afortunadamente, estas manitas con las que les escribo, además de ayudarnos a cultivar nuestro físico, también nos sirven para trabajar… y con trabajar no me refiero únicamente a rayarle la Visa al marido: «Así bordaban ellas, así», en los títulos de crédito del exitoso drama de época “Pride & prejudice (Orgullo y prejuicio)”. ¡Que no nos falte nunca ese ajuar, en el nombre de Jane Austen!

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Y hablando de obligaciones femeninas, tampoco debemos olvidarnos de nuestro segundo espacio natural, la cocina. Si en los aposentos nuestras ansias intelectuales reciben plena satisfacción gracias a una insana colección de potingas y a un armario ropero repleto de «nada que ponerme», aquí nos encontramos con nuestros segundos mejores aliados naturales: cazuelas y electrodomésticos. Pocos títulos de crédito han sabido recoger tan bien el imaginario de la fiebre electrodoméstica de los 50 y los 60 como los del remake “Las mujeres perfectas” (véanlos en el apartado “Feature titles”, que no los he encontrado sueltos) —el título de esta sátira habla por sí solo—, que a su vez rendían homenaje a los de la cinta original. Una auténtica delicia. También había algo de eso en la carta de presentación de la más reciente “La ganadora”, aunque en este último caso los quehaceres del ama de casa se mezclaran con ciertas ínfulas feministas impropias de una mujer hacendosa, entregada y humilde, vamos, una mujer «como tiene que ser». Otra maravilla del diseño vintage, esta vez realizada mediante dibujos y animaciones. Ni siquiera Pedro Almodóvar, presunto experto en los entresijos del universo femenino, nos ha librado del estereotipo: joyas, flores, pintalabios y desfile de trapitos en un oportuno papel cuché de inspiración retro para “Mujeres al borde de un ataque de nervios” y zapatos de letales tacones, que rima con cañones, para “Tacones lejanos”.

Viene de:

En las imágenes: Detalle de los títulos de crédito de “Lolita” © 1962 A.A. Productions Ltd., Anya, Seven Arts Productions y Transworld Pictures. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Más extraño que la ficción” © 2006 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Mujeres al borde de un ataque de nervios” © 1988 El Deseo S.A. y Laurenfilm. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Las mujeres perfectas” © UIP. Todos los derechos reservados.

Lunes 24 Marzo 2008

No son pocas las películas que a lo largo de la Historia del Cine han recurrido a los objetos personales y de escritorio como principales protagonistas de sus títulos de crédito, de manera que su empleo, inicialmente anecdótico, ha pasado a convertirse con el tiempo en una tendencia tan habitual como socorrida. El éxito de esta herramienta salvavidas no es gratuito, y sus ventajas, narrativas a la par que económicas, saltan a la vista: los distintos utensilios y cachivaches de uso cotidiano no sólo permiten introducir al espectador en el ambiente, la atmósfera y la época en que transcurre la trama, sino que su presencia, como posesiones que son al fin y al cabo, también ayuda a definir a los personajes, a ofrecernos esa “primera impresión”, anticipándonos su personalidad o sus actividades antes incluso de que éstos hagan aparición en la pantalla, del mismo modo que pueden contener algún significado simbólico ligado o no a lo anterior. En definitiva, podemos afirmar sin temor a ser tomados por locos que las cosas nos hablan, y más y mejor todavía, porque a menudo son las únicas capaces de explicarnos aspectos difíciles de verbalizar por otro medio.

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Uno de los ejemplos más emblemáticos, puros y a la vez integradores de esta corriente lo encontramos en el clásico de 1962 “Matar a un ruiseñor”. La adaptación de la famosa novela de Harper Lee a cargo de Robert Mulligan arranca deliberadamente con la apertura de una ajada caja de cartón a manos —dicho esto en el sentido más literal— de un niño. Esta brillante “subida de telón” nos permite descubrir en su interior una serie de pequeños tesoros infantiles, desde enseres de escritorio (lápices, ceras…) hasta diminutos juguetes (una pareja de muñecos, canicas…), pasando por unas llaves y un reloj; todas ellas bagatelas de inocente apariencia, pero profundamente cargadas de significado. Aunque con un tono y unas intenciones bien distintas, treinta años más tarde, Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro también utilizaron una disposición similar como trampolín para sumergirnos en el delirante, opresivo, decadente y mágico universo de “Delicatessen” tras el contundente golpe de efecto inicial. En esta ocasión se trata de objetos bañados por el filtro ámbar de la nostalgia; trastos, hablando con propiedad, apelotonados sin orden ni concierto en un hipotético desván, que aparecen abandonados entre el polvo del olvido y los rasguños, cuando no roturas, de la vida. Que entre ellos se encuentre un mano amputada tampoco es fruto de la casualidad. Su función es, por si fuera poco, doble, puesto que además sirven como ingenioso soporte para el desfile de créditos de la película.

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Una variación de la escuela “objetista”, aunque en movimiento, se halla en los mil veces imitados títulos de crédito de “Seven”, pero éstos me los reservo para incluirlos en otro grupo que tengo intención de repasar más adelante. Mucho más recientemente, Jared Hess le dio una creativa vuelta de tuerca gastronómica a este recurso en “Napoleon Dynamite”, haciendo gala tanto de sus aires desenfadados y modestos como de su voluntad moderna y renovadora. Aquí, aparte de algunos enseres asociados de manera indefectible a la vida de todo estudiante, son los platos de comida que se nos van sirviendo ante nuestros ojos, los que respaldan la carta de presentación —¿o deberíamos decir “menú”?— de esta exitosa comedia nerd. Y para terminar, al menos de momento, merece la pena rescatar otra muestra cercana que también recoge ese mismo espíritu —por algo va de fantasmas—, devolviéndonos en este caso una auténtica naturaleza muerta en toda la amplitud de la expresión. Me refiero a la colección de objetos atrapados en el hielo que dan paso a “The river king”, un thriller sobrenatural protagonizado por Edward Burns que, a diferencia de sus títulos de crédito, pasó sin pena ni gloria por la cartelera. Esta vez, al margen de adelantarnos el desapacible clima que preside la cinta y cuál es el punto de partida de su argumento, parece que sus responsables quisieron combinar la idea de unas pruebas conservadas dentro de bolsas de plástico con el concepto de secretos enterrados que amenazan con salir de nuevo a la superficie con el deshielo.

En las imágenes: Detalle de los títulos de crédito de “Matar a un ruiseñor” © 1962 Brentwood Productions, Pakula-Mulligan y Universal International Pictures (UI). Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Napoleon Dynamite” © 2004 UIP. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “Delicatessen” © 1991 Sofinergie Films, Sofinergie 2, Investimage 2, Investimage 3, Fondation GAN pour le Cinéma, Constellation, Hachette Première, Union Générale Cinématographique (UGC) y Victoires Productions. Todos los derechos reservados. Detalle de los títulos de crédito de “The river king” © 2005 Filmax. Todos los derechos reservados.

Viernes 7 Marzo 2008

Y de un director de estilo inamovible pasamos a un diseñador que ha creado escuela. ¿Se imaginan cómo habrían podido ser los títulos de crédito de “Star Wars” si su confección hubiera recaído en el genial Saul Bass?

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Una posible solución, en este vídeo [Vía Masmenosuno ]. Como le decía a Sitoxic, yo con esta música y este look tan retro hasta me imagino a Darth Vader interpretado por Peter Sellers.

En la imagen: Detalle de “Star Wars vs. Saul Bass” -Copyright © 2007. Todos los derechos reservados.

Los que se quejan porque Woody Allen se repite más que un arado película tras película no sólo llevan razón, sino que aquí encontrarán otro argumento más para reafirmarse en su postura. Y es que, tal y como recoge este artículo de Kit Blog sobre la tipografía elegida por el de Manhattan para los títulos de crédito de sus largometrajes, Allen ha usado una única fuente a lo largo de su filmografía, la EF Windsor blanca, con muy escasas variaciones.

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Algunos han adjudicado esta costumbre a una especie de fetichismo como el que Stanley Kubrick sentía por la Futura Extra Bold; otros lo consideran una marca de la casa, una seña de identidad más. Yo lo que pienso es que al pobre hombre no se le dan muy bien las nuevas tecnologías y no tiene ni pajolera idea de cómo se cambia el tipo de letra; de hecho, igual ni siquiera sabe que se puede cambiar. Hasta me lo imagino escribiendo la lista de la compra con la misma caligrafía.

En la imagen: Títulos de “Annie Hall” © 1977 Rollins-Joffe Productions. Todos los derechos reservados. Títulos de “La maldición del Escorpión de Jade” © 2001 Lauren Films. Todos los derechos reservados. Títulos de “Match Point” © 2005 On Pictures. Todos los derechos reservados. Títulos de “Manhattan” © 1979 Jack Rollins & Charles H. Joffe Productions. Todos los derechos reservados.